Pese a que está bien arraigada en la cultura popular de nuestros días, la teoría de la relatividad que postuló Einstein allá por los años 20 encierra algunas entresijos mentales que a la mayoría de la nosotros nos cuesta aceptar. Este hecho es innegable y tiene una causa sencilla: toda la vida nos han educado en la mecánica clásica, un modelo que pese a ser una buena aproximación que explica la mayoría de eventos físicos apreciables por el hombre cotidiano, no deja de ser falso. Si no me creen, aquí les dejo algunas paradojas científicas para las que antes habrá que dejar claras algunas reglas.
Según el principio de relatividad (que no tiene nada que ver con la teoría de la relatividad) todo es relativo; con esto queremos decir que la velocidad de un tren que recorre un trayecto a velocidad constante no es la misma para una persona sentada en el anden de una estación que para un pasajero sentado dentro del propio tren. Mientras que para uno el tren se mueve a cierta velocidad, para el otro el tren no se mueve si no que es más bien el paisaje el que se mueve a su alrededor. ¿La conclusión? No se puede hablar de velocidad constante, si no de velocidades relativas.
Este principio también se aplica a otras variantes como la trayectoria de un objeto, su acceleración, y gracias a los descubrimientos de Einstein, sabemos que al tiempo también. Se aplica a todo, excepto a un pequeño fenómeno bien conocido por todos: la velocidad de la luz, que permanece constante se mire desde donde se mire independientemente del estado en el que se encuentre el origen de nuestra referencia.
Dicho esto, imagínense por un momento que ustedes como personas pudieran viajar a una velocidad muy cercana a la velocidad de la luz (ya que esta es imposible de alcanzar) de forma consciente y del mismo modo que viajan en el coche o en un avión. A esa velocidad de, digamos, el 99,999% de la velocidad de la luz, un año para ustedes viajantes equivaldría a dos siglos en la Tierra.
Ahora imagínense que a su lado un rayo de luz visible recorre paralelamente la misma trayectoria que ustedes. ¿Serían capaces de decirme como percibirían ese rayo de luz ? La respuesta más tentadora, y a la que recurriríamos al rememorar nuestra experiencia personal es que percibiríamos el rayo como un objeto en reposo del mismo modo en el que observamos un coche que viaja a la misma velocidad que nosotros en una autopista. Sin embargo, lo correcto sería decir que percibiríamos el haz de luz viajando a 300 000 km/h y adelantándonos del mismo modo que nos adelantaría si estuviéramos sentados en el sofá de nuestro salón. ¿Sorprendidos? ¿A caso se han olvidado de todo lo que les he dicho antes? La velocidad de la luz es constante, se mire desde donde se mire.
Otra curiosa consecuencia de la teoría de la relatividad es la siguiente: A medida que la velocidad de un objeto aumenta respecto a una referencia, su longitud respecto esa misma referencia se va reduciendo. Según la ecuación que demuestra este fenómeno, si el objeto viajara a la velocidad de la luz su longitud física sería 0. Y si por alguna anomalía del espacio tiempo pudiera superar dicha velocidad, su longitud daría como resultado un número imaginario. De lo que se deduce que la velocidad de la luz actúa como una constante físicamente insuperable.
Estas curiosidades y otras tantas se pueden encontrar en el pequeño libro Sobre la teoría de la relatividad especial y general que el propio Einstein escribió con el afán de hacer comprender de un modo sencillo su teoría.


